V.O.
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Atengámonos a rellenar los espacios en blanco de nuestra materia gris de acuerdo a lo que nos proponen los mecanismos sociales. Caminemos por la demarcación señalada que nos conduce en vertical hacia no sabemos dónde, pero en cumplimiento de las normas, deberes y obligaciones que nos han dicho que son las que hay cultivar para integrarnos en algo que tampoco sabemos muy bien qué es.


Y si logramos destacar, mejor. Es decir, sobre todo, ganar pasta...  "No es un buen síntoma estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma", nos decía Krishnamurti. Pero no es el tiempo de los sabios, ni de la visión a largo plazo. Aquí la cosa pinta como en la siguiente secuencia:

- Buenas notas en el colegio.
- Carrera de ciencias.
- Novi@ a la vista.
- Trabajo.
- Convivencia.
- Coche.
- Hij@s.
- Hipoteca.

Estos ocho elementos, a grandes rasgos, son los que se nos plantan de frente como fundamentales para la realización de cualquier humano que se precie. Pero, si tenemos en cuenta que la edad media de consecución de dichos objetivos debe rondar los 35 años, y que la esperanza de vida supera los 80, quedan 45 años de vacío que se abren ante aquel que, satisfecho, ha sabido escalar hasta la cumbre de la integración social.

¿Qué hacer ahora? ¿Educar a los hijos? ¿Buscar aficiones? ¿Hablar de impuestos y tarjetas de crédito con otros en la misma situación? Todas estas obligaciones se llevan a cabo con alegría y esperanza, cierto... Pero ¿durante cuánto tiempo? Observar a los matrimonios de padres y madres que acuden a los colegios podría revelarnos un diagnóstico:

Infantil (3- 5 años):

La pareja va con su churumbel el primer día de clase, los tres cogidos de las manos, repeinados, sonrientes.


Primer ciclo de primaria (6- 8 años)

El pade o la madre deja a los niños en el coche que mejor le venga a cada cual, según el día...


Segundo ciclo de primaria (8- 10 años):

Primer suspenso en inglés. Parece que hay problemas con la lengua. Primera discusión sobre qué hacer con el chaval.


Tercer ciclo de primaria (10- 12 años):

Siguen los problemas en inglés, tiene desordenado el material y no atiende. Los padres le preguntan a la canguro que cuándo hace los deberes. Cambian de canguro: faltaría más...


Primer ciclo de secundaria (12- 14 años):

Batacazo en las notas. La madre acude a hablar con el tutor, ojerosa. No sabe qué hacer, y el marido trabaja demasiado, porque no hay dinero en casa.


Segundo ciclo de secundaria (14- 16 años):

Tras el divorcio, ambos hermanos perdieron el norte. El mayor repitió y el segundo muestra graves faltas de respeto y va a una terapia. Según el padre, que está con paroxetina, odian al novio de la madre. Según la madre, que le pega al litio, el padre no pasa la pensión. Y ambos se repiten una y otra vez a sí mismos la eterna pregunta: ¿dónde están aquéllos bebés?
 



¿Cómo es posible tanta insatisfacción? ¿De qué manera la infelicidad se estableció en la vida de aquellas personas que creían haber logrado llegar a la cima? Tener bebés es una maravilla, un regalo de la naturaleza. Pero como todo, este es un estado transitorio, y entre las balizas de señalización del camino que escogieron los padres no había ninguna que explicara cómo son los seres humanos en su esencia.

Así brotan como hongos las terapias de grupo, los libros de autoayuda, las promesas de cambio de hábitos, la medicación a perpetuidad, y otras costumbres incluso menos saludables pero con el mismo origen: la falta de conocimiento. De uno mismo, del mundo que nos rodea, de los hijos... Es por ese motivo que, aquellos 45 años que se muestran por delante después de obtenida la hipoteca, aparecen como un precipicio insalvable, la gran sima de la que nunca nos hablaron los anuncios, los bancos, los concesionarios de coches, ni la agencia tributaria: el hombre frente a sí mismo.

¿Qué es verdaderamente el triunfo? ¿Acaso el malestar cotidiano representa que hemos logrado realizarnos? Para el sistema, sí. Pero lo evidente es que ese mismo sistema, como nos dice Richard Senett, se nutre de la corrosión del carácter; es su manera de transformar nuestra energía en beneficios. Es posible, por tanto, que haya llegado el momento de replantearnos el concepto de fracaso y triunfo, y cómo derivarían de ese planteamiento las relaciones entre hombres y mujeres, por ejemplo...

+ info: http://yometiroalmonte.blogspot.com/


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